Pale blue dot

Pasa la vida y sólo veo competición. Eternas luchas de egos, constantes búsquedas de arquetipos de hombre y mujer ideal, la exagerada demanda de los mismos y la consiguiente ansiedad por el intento de ser como ellos. Es una sociedad que juega a descartar por sistema.

Hay quienes cohabitan con esa lucha por la perfección. También las hay que sufren soportando el peso de la losa en la que se convierte lo socialmente aceptado y el sentimiento de no llegar a lo que se exige. Hombres, mujeres cuya autoaceptación queda en constante avance-retroceso. En términos de ciclismo,van “haciendo la goma”.

Personas que terminan adquiriendo fobia social por el miedo a ser ridiculizadas o quedar en en evidencia. Miedo a no dar la talla. Miedo a ser insuficientes. Cansancio por no sentirse aceptadas, o por partir con desventaja.

Tal y como decía el gran Carl Sagan, somos ese “pálido punto azul”. Ni el mayor de los egos tiene sentido, teniendo en cuenta que somos un grano de arena en una playa infinita. Quizás esa toma de contacto con la realidad vendría bien a buena parte de la sociedad.

Al fin y al cabo, todos somos igual de insignificantes.

El valor de lo tangible

Como polillas a una farola, la sociedad se mueve acercándose a lo que más luce aparentemente,mientras luminosos intermitentes encierran a personas que quizás nunca fueron comprendidas, y encuentran simbiosis en el interior de una copa.

Gente eternamente fuera de lugar,que no encaja en los requisitos, o que se siente un segundo plato de quien no puede acceder a lo primero. Costes difíciles de sufragar. Préstamos con demasíados intereses.

Miradas que te señalan el lugar donde emergen sus terrores. Pánico a un fracaso generalizado que llegó por el miedo a que llegase. Cánones que empujan a funcionar como máquinas y lucir como dioses.

Anécdotas, vivencias propias o ajenas que causan culpabilidad por no ser como se supone que hay que ser. La frialdad de lo estipulado y su rigidez para acoger planes alternativos.

Las polillas seguirán chocándose con la luz de la farola. En tus manos está seguir el camino a oscuras y encontrar tu lugar.

 

 

 

 

 

Rewind

Días que pierden su luz para dar lugar a reflexiones bajo un tribunal de incontables jueces, que han seguido tus decisiones y acciones durante toda tu existencia. Lo seguirán haciendo.

Flashbacks que se convierten en cargos. Destellos de una vida mejor. Un rostro y una voz que quedaron anclados en tus huesos, haciendo tus pasos más pesados según te alejas. Gravedad que llama más de cerca a cada segundo que pasa.

Consejos que pretendes hacer valer para todo el mundo a quien intentas ayudar, pero que se esfuman antes de llegar a tu hoja de ruta. Como si de alguna clase de broma  se tratase, descubres que en tu itinerario sólo aparecen eventos que ya ocurrieron.

Nuestros ojos están delante para obligarnos a sentir dolor si queremos mirar atrás sin dejar de caminar. Cuando el dolor se instala en tu sistema, ya no importa.

¿Cómo ser? Saberlo no es suficiente.

Entropía

¿En qué momento sintonizamos con la frecuencia que emiten nuestros fantasmas? Generalmente pasamos de largo, oyendo tan solo el leve chisporroteo de la transición entre canales. Sin embargo, eventualmente, ese débil sonido comienza a cobrar tanta trascendencia que se hace realmente atronador. Como entrar en un agujero negro, que retuerce y devora luz y tiempo.

Tras sufrir el arrastre al vórtice y ser engullido, comienza el viaje hacia lo desconocido. Tienes miedo porque está oscuro, y desconoces si podrás volver al lugar en el que estabas antes de caer. Sientes que caes, pero sin llegar al suelo. No existe el suelo. No sabes si estás al norte, al sur, al este o al oeste de…¿de qué?

Tras un tiempo que ni siquiera eres capaz de medir, crees distinguir algo entre tanta nada. Cada vez se hace más evidente, hasta que llega un momento en el cual todo parece indicar que ese lugar parecido pero diferente es tu nuevo destino. Empiezas a comprender que el caos forma parte del orden, y que la vida consiste en saber formar parte de la entropía. Que una vez caes en ese agujero, no retornarás al mismo sitio,sino que lo harás a un lugar en el que las leyes universales tienen correciones y frases añadidas.

Agujeros de cola de gusano. Quizás no existan literalmente, pero sí en sentido figurado.

Yin-Yang

Miro allí, a ese lugar en donde deberías estar tú. Donde debería estar yo.Donde todo cobraba sentido.

Un constante intento de escapar de este limbo terrenal, para acceder al cielo de la vida que  un día nos prometimos. Vivir huyendo del fuego. Las piernas duelen.

La partida se acabó hace tanto tiempo que es imposible evitar recibir una crítica  acerca de mi forma de revivir eternamente algo que ya murió. Quizás se trata de la -siempre- fallida reencarnación de mis sentimientos.

Hoy, soy humano. No soy el bufón que todo el mundo parece creer que conoce. Cuando no hay nadie, cuando paro a ver qué hay dentro, me horrorizo ante la estructura derruída que queda. Pesan tanto los escombros que, aún habiendo pasado tantos años, sigo recogiéndolos.

Durante todo este tiempo de cuantificación y reparación de la catástrofe, he intentado vivir nuevas aventuras, a las que les he puesto tripas. Lo único que he conseguido es hacer daño y hacerme daño. Todo por buscarte en cada persona ajena a tí.

Me acostumbré a sentir tanto que aún no he encontrado la forma de vaciar el vacío.Las comparaciones son odiosas, tanto que soy yo el que siempre sale a perder.

Intento aprender de mis múltiples errores y pago las consecuencias de mis decisiones desacertadas y de no saber escucharme. No quiero tener que volver a curar por no prevenir.

Hoy es un mal día, pero no importa. Mientras viva, viviré. Voy cuesta abajo y sin frenos, confiando en que al final habrá una rampa de lanzamiento.

En este paisaje post-apocalíptico aún siguen creciendo hiedras.

Yin-Yang.

Universos paralelos

Yo aquí, tú allí.

Tú tomaste las decisiones adecuadas, yo fallé.

Yo miré atrás demasíadas veces, tú  fijaste la mirada hacia el horizonte.

Tú usaste la cabeza, yo el corazón.

Yo admiro el paisaje, tú formas parte de él.

Tú ves, yo sueño.

Yo temo a la soledad no deseada, tú no estás solo.

Tú vives la vida, yo quisiera vivir.

Es hora de cambiar los roles.

Universos paralelos.

Vive o muere, pero no sobrevivas.

¿Eres lo que crees ser? ¿Es real la imagen que proyectas hacia tí mismo?

Siempre hablamos de las diferencias entre el Yo público y el Yo privado, pero creo que hay algo más allá. Hay un Yo subliminal en cada gesto y sensación al tomar una decisión. Una parte desatendida y desapercibida. Desapercibida hasta que te das cuenta de que no te hace feliz el punto al que creías que debías llegar. Y es ahí cuando se hace evidente esa proyección de nuestra verdadera idiosincrasia, del núcleo.

Es algo difícil de remediar, pues realmente vivimos una constante lucha entre la inteligencia que nos proporciona un cerebro desarrollado y la irracionalidad e instintiva animal. Porque lo somos, que nadie lo olvide. Es la vida, por tanto, un proceso de negociación entre dos partes muy distintas. Por eso es tan complicado llegar a la calma de un acuerdo cerrado.

Incluso en la parte lógica de nuestro ser, nacen ideas que, paradójicamente, retan al propio lugar de su génesis. Precisamente por ser tan lógicas, pueden dejar de serlo.

Vivimos en un mundo de reclamos visuales, de cánones, apariencias y “qué dirán”. Complicado cambiar una serie de ideas tan globalmente establecidas, pero, realmente, el principal dilema se gesta en esa conciencia pequeña y olvidada de cada individuo. Y es el “qué diré”.

Incluso el más egoista acabará contradiciéndose.

Vive o muere, pero no sobrevivas.

 

 

 

Fade In-Fade Out

Llueve tras el cristal. Una lámpara emite luz tenue en la estancia, sincronizándose con mi presencia. Nubes parecen estáticas mientras continúan su misión suicida. Al igual que la vida, de obsolescencia programada.

Enciendo este aparato en el que convierto lo intangible en unas cuantas letras que parecen tener sentido juntas. Como si de un mantra se tratase, reproduzco una y otra vez una instrumental que convierte mis brazos en alas, con las que sobrevolar un recuerdo, aunque ello implique perder algunas plumas y quedar más vulnerable al frío de lo actual.  Quizás es necesario para poder crear otras más resistentes.

Las vicisitudes de la última migración dañaron las alas, pues fué complicado volar entre corrientes opuestas. Sin embargo, se han recuperado suficientemente en el nido como para volver a remontar el vuelo e ir finalmente a mi destino. El ensordecedor estruendo de un esperanzador eco interior acapara mi atención.

La lluvia está cesando. El brillo de esa lámpara es más intenso ahora, sincronizándose con mis deseos. Las nubes ya empezaron a morir. Al igual que mi tristeza, de obsolescencia programada.

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La mudez de un intenso soliloquio

El cielo oscurece, la ciudad se ilumina por segmentos y todo se impregna de un contraste en el que apenas nos fijamos, pero que guarda esa unión entre instintos primitivos de supervivencia y una evolutiva aceptación de que esos postes con luz artificial marcan nuestra zona de seguridad, y que más allá del brillo, existe algo que sólo puedes controlar cuando el sol está presente.

Motores se escuchan con menor asiduidad. Un claxon lejano y quizás una sirena, que dejan paso al imponente sonido del silencio en lugares donde rebosaba la vida unas horas antes. Miradas vulnerables que se cruzan entre personas al azar.

La luna y su poder de magnificar cada reflexión que surge al contemplarla, como si fuese consciente de la confusión subyacente que surge en tu cerebro cuando el reloj vuelve a cero.

Una incertidumbre inconcreta invade un rostro de mirada fija hacia un lugar que no guarda relación con el pensamiento que hay detrás.Ideas tan efímeras como ese pequeño meteoro que te hace pensar en un deseo. “Qué tontería”, piensas. “Demasíado tarde, ya he pedido el deseo”, te contestas.

Flotan en el agua de ese charco las palabras que quedaron por decir a esa persona que dejó de estar presente en tu vida. Cuando los años pasan, entiendes que el corazón siempre recordará a sus habitantes, aunque se hayan mudado.

Recorres el camino de vuelta a casa pensando que lo especial de esta existencia es que ese agua en el que viste palabras por decir, acabará mezclándose con el mar de palabras que dirás.

El viento roza tu cara con elegancia y delicadeza, recordándote que siempre habrá algo que disfrutar.

La mudez de un intenso soliloquio.

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